10 de septiembre de 2008

Las sociedades desarrolladas tienen un creciente problema de distanciamiento. En una orilla están los ciudadanos; en la otra, quienes tratan de dirigir, encauzar e incluso ¡salvar! nuestras vidas.

La mentira decretada, la injusticia justificada, la información manipulada y el rifirrafe parlamentado cubren kilómetros de letra impresa y horas de imagen televisada. Pero cada vez perforan menos neuronas, porque la prioridad de algunos por agarrarse al poder cada día está más alejada de la necesidad de la gente por construir su acontecer.

Por eso no nos entendemos. La democratización del conocimiento unido a la globalización de las comunicaciones ha significado un gigantesco trasvase de siervos bobos a seres humanos informados. Mientras muchos mandantes aún no eliminaron su grasienta caspa de obsesión de mando, los ciudadanos necesitamos ventilar nuestras neuronas con la suave brisa de libertad.

Así, unos y otros nos observamos desde orillas cada vez más separadas. Ambos nos necesitamos pero no nos respetamos. Ellos se creen superiores y nosotros los vemos retrasados. Ellos quieren voto y fe y nosotros devolvemos veto y desconfianza. Ellos quieren poder y nosotros reclamamos talento.

Los puentes-trampa electorales, esas malparidas promesas para cazar voto ingenuo, degradan la democracia. Los únicos que se nos acercarán serán los que se echen al río y, mojándose, sepan llegar hasta nuestra orilla.

@Angela_Becerra_