16 de mayo de 2007

Posiblemente, la cumbre de la inteligencia consiste en ser consciente de la propia estupidez.

Y no existe negación más grosera del talento que la que escuda su discurso en el poder erecto de los cojones o la capacidad íntima de la vagina. Pero así es el mundo heredado.

A la mujer se le negó – aún hoy millones de bodrios le niegan – su derecho a educarse, participar y construir. Se la recluyó en camas, cunas y cocinas, mientras se le prohibía – se le sigue prohibiendo – el pensar, que es el ser. Se la limitó a aplacar jadeos de maridos y lloros de niños, a crear “dulce hogar”. En esta loca exclusión aprendió el arte de lo sutil, a leer entre líneas, a convertirse en maestra de las emociones. Su gran razón fue la emoción.

El machista de hoy es heredero de un pasado en que el poder se basó en la fuerza para competir, conseguir y reprimir. El triunfo del músculo desconectado del cerebro, educado para cazar sin pactar, consentir ni sentir, porque la emoción y el sentimiento lo frenaban – lo siguen frenando – para la caza. Su gran razón fue la consecución.

¡Mundo imbécil el que limita el conseguir a los hombres y el sentir a las mujeres! ¡Mundo reprimido el que critica a los hombres su derecho a sentir, emocionarse y llorar, y excluye a las mujeres su derecho a participar, construir y conducir!

¡Qué aberrante sinrazón el que hombres y mujeres pudiendo ser enteros, nos sigamos perdiendo nuestra otra mitad!

@Angela_Becerra_ 

 

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