5 de noviembre de 2008

Conocimos el mundo desde la más absoluta dependencia. La imitación y la sorpresa alimentaban nuestro cerebro, que cada cual filtraba con su ADN y sazonaba con su circunstancia. Tan poca vida teníamos que sólo teníamos una.

Empezamos a desdoblarnos en la adolescencia, ese periodo de rebeldía que estalla cuando por primera vez uno percibe que vive intensamente confrontado entre dos vidas, la que tiene y la que quisiera.

A partir de entonces, si exceptuamos quienes viven acolchados o amortajados por ausencia de inquietud, todos tenemos el cerebro embarazado de ideas que van gestando otros futuros, la esperanza de nuevos días que signifiquen otras emociones, entornos o situaciones. Todos vivimos fecundando en silencio una doble vida.

¿Cuántos amores que no saben o no pueden romper aguas se están engendrando? ¿Cuánto resentimiento están pariendo los atados a un trabajo del que no pueden huir? ¿Qué estarán concibiendo los cerebros de los golpeados adolescentes palestinos? ¿Hasta cuándo los jóvenes cubanos soportarán a los dos Castro castradores de libertades? ¿Cuántos republicanos se están concibiendo a diario? ¿Cuánta mayoría suma el hartazgo por saturación del nacionalismo a presión?

La doble vida personal es materia privada. Pero cuando silenciosamente fecunda en la conciencia de muchos, siempre acaba convertida en embrión del futuro, a la espera de un líder que lo active.

@Angela_Becerra_

 

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